Carácter y costumbres de los cubanos de 186… pintados a “pluma y lápiz”, por Hazard

Por: Cristóbal de La Habana
En: Social (febrero 1929)

Ya vieron los lectores de estos Recuerdos, la descripción que de La Habana de 186… hace el viajero norteamericano Samuel Hazard en su interesantísimo libro Cuba a pluma y lápiz, que acaba de publicar, traducido al español, la casa editora Cultural, de esta ciudad.

Nos toca dar a conocer ahora, cómo pinta a los cubanos de esa época.
Precisamente, ya al final de la obra y terminadas sus impresiones de viaje, en uno a manera de resumen, Ojeada general sobre Cuba, encontramos breves consideraciones sobre el carácter y costumbres de los cubanos.

Y lo primero que hace resaltar es la división profunda existente entre cubanos y españoles, justificando los anhelos de independencia de aquéllos, que él puede comprobar, pues su estancia en la Isla coincide con el inicio de la revolución de Yara.
“No puede hacerse mayor ofensa a un cubano —dice— que hablarle o dirigirse a él cómo si se le considerara español, pues para él, el español es un pícaro y viceversa, el español de Castilla habla de la manera más despreciativa de los cubanos nativos, aplicándoles, sin distinción, el calificativo de “cobardes”, diciendo que “no quieren pelear”. El tiempo nos ha mostrado, sin embargo, que si hay algunos que son traidores a su país, hay muchos otros que si no saben cómo pelear, sin embargo están prontos a morir en bien de su “Cuba libre”.

Ese “intenso odio existente entre los cubanos nativos y sus dominadores españoles”, que Hazard comprueba se manifiesta en toda porción de la Isla, tiene para él su origen en el rigor del Gobierno, explicándose con ello “por qué los nativos estuvieron siempre dispuestos a la rebelión”, rebelión que considera plenamente justificada, porque —dice— “cuando se conoce bien el gobierno y administración de España en Cuba, en seguida comprendemos el intenso deseo de todo cubano para tener un gobierno libre”.

¿Cómo ve Hazard al pueblo cubano, en general?
Como un pueblo sencillo, hospitalario con todos los extranjeros, pero particularmente con los americanos, en obsequio de los cuales, todo les parece poco.”

Los hombres, son “negligentes, indiferentes y carecen de la energía peculiar de las gentes del Norte”, lo que atribuye Hazard, a “las influencias del clima o las peculiaridades de su gobierno que no ofrece incentivo a la ambición de la juventud.” Son corteses y sinceros: “cuando un cubano os toma la mano, y a la anterior expresión (“está a su disposición”) añade con mucho énfasis: francamente, señor, en nueve casos de cada diez, expone sinceramente su deseo de que aceptéis; y si no es así, no hay ningún daño en aceptarlo como castigo a su insinceridad.” Los hombres de las clases altas son “bien criados y bien educados”, y los campesinos “poseen maneras tan afables y corteses que podrían servir de ejemplo a muchas personas nuestras de rudos modales.”

De las mujeres dice que “son en absoluto esclavas de la costumbre; no pueden salir ni aun para dirigirse a la iglesia, sin ir acompañadas de una dueña y por ningún concepto pueden recibir solas a visitantes masculinos.” Las juzga poco instruidas, aunque más que “sus hermanas de Castilla, siendo raro ver una cubana leyendo, un libro por el deseo de adquirir mayor ilustración. Su vida puede sintetizarse, en una palabra: ociosidad.” Desde luego que se refiere a las mujeres de las ciudades y de la clase media o acomodada. “Comienzan su vida diaria asistiendo temprano por la mañana a la iglesia para oir misa, después de lo cual, pasan el día meciéndose y abanicándose, alterando esta monotonía quizá con una siesta… un baile, un paseo por la noche para oir la retreta, o si su posición se lo permite, dar unas vueltas en volanta por el paseo.”

Respecto a la religión afirma que “la Isla se halla dominada por los curas, sostenida como está la Iglesia por el Gobierno”, lo cual, sin embargo no implica la religiosidad de los cubanos: “Los hombres parece que no tienen religión; las mujeres van a la iglesia para pasar el tiempo, siendo la única hora de libertad que gozan de los grilletes con que la costumbre las rodea”.

Sobre las costumbres cubanas de aquella época, se encuentran esparcidos por toda la obra detalles y datos interesantísimos y que Hazard hace resaltar por la diferencia y contraste con las costumbres de su país.

En un capitulo que dedica a los tabacos, su siembra, industria, etc., dedica unos párrafos a ponderar “la manera bella y cortés, con que todos los cubanos, sin distinción de posición sea el exquisito caballero en el club o el portero en la puerta de una casa, os piden fuego para encender su tabaco. Y describe la forma en que se toma el tabaco, se enciende el propio se da las gracias con un saludo y se devuelve, “mientras vosotros os admiráis de todos aquellos “movimientos” y pensáis cuán encantadora es la cortesía nacional.”

En otro capítulo nos habla de “las costumbres de los trópicos como resultado del clima”, encontrando aquéllas perfectamente adaptadas a éste, principalmente en lo que a la ciudad se refiere. Se explica, por ello, que los cubanos no desayunen copiosamente, sino una simple taza de café o chocolate; que tengan frescos comedores y numerosos y aireados cafés.

Hace constar que “durante todo el tiempo que duró mi estancia en la Isla, jamás vi, ni en las poblaciones ni en el campo, una sola persona realmente embriagada.”
En cambio, el juego sí es costumbre generalmente practicada y “cualquiera inclinado a perder su dinero tiene amplias oportunidades de hacerlo en los juegos de lótto, burro, monte, faro, etc.

En otro capítulo dedicado a los espectáculos callejeros, en La Habana, nos describe la estrechez de las calles, los estravagantes letreros de las tiendas y nos pinta a tipos populares como al vendedor de pollos, el lechero, el dulcero, los chinos, vendedores de cacharros, el billetero, las muchachas ventaneras, etc., dejando, en las páginas del libro interesantes dibujos de estos tipos y costumbres.

La vida nocturna habanera merece a Hazard la atención de otros capítulos: los paseos en quitrines por el Paseo de Isabel, Reina y Tacón, al atardecer o por la noche en la Plaza de Armas, los días de retreta; las tertulias en los cafés, como El Louvre, “el mayor y mejor café de la Habana, y puede decirse que es “el club”, pues en él veis a todo el mundo (sin su mujer)”; las funciones teatrales, describiendo ampliamente una noche de Opera en el Teatro Tacón.

Un capítulo entero lo consagra a las lidias de toros, que le produjeron disgusto “por el espectáculo en sí y menosprecio hacia el pueblo que continuamente patrocina tan innoble diversión, que se hace a expensas del sufrimiento de pobres animales y recurriendo a tan crueles procedimientos”. Cuenta que en la primera corrida que vió, llegó a excitarse y vociferar gritando con el resto de los espectadores, “con la diferencia de que yo lo hacía celebrando la bravura del toro, en tanto que los demás aplaudían a la cuadrilla de atormentadores”. Pero confiesa que a otras corridas que asistió, lo hizo sólo por acompañar amigos y nunca pudo estar hasta la conclusión. Hace resaltar: “dice mucho en honor de los demás cubanos, el que jamás patrocinan semejante espectáculo, a no ser cuando se efectúa para una finalidad benéfica (?)”
Un capítulo sobre las diversiones domingueras, hace constar que no está escrito para que las señoras lo vean, aunque habla de cosas por estas sabidas: las peleas de gallos, que le merecen más respeto que los toros, pues en aquellas “por lo menos ve uno denuedo y bravura y cierto grado de igualdad entre los combatientes, por insignificantes que estos sean”. Sin embargo no puede soportar el ruido y confusión, y advierte al lector: “Si quieres ver retratadas las más perniciosas pasiones en el humano rostro, visita una valla de gallos. Te aseguro que no te quedarán deseos de volver y que saldrás intensamente disgustado. Pinta, asimismo, los bailes de negros africanos, sus cabildos, costumbres y bailes; los bailes públicos de Carnaval, describiendo una noche de Tacón y otra de Escauriza, terminando por hablarnos del llamamiento, después de anochecido, conque se ve frecuentemente sorprendido “el extranjero sensible”, al pasar por algunas calles, de “alguna sirena de ojos negros —frecuentemente muy hermosa— que de manera persuasiva le invita a entrar en su domicilio y ofrecer sus respetos, a alguna de las mujeres, ricamente vestidas, que se encuentran sentadas en la sala y que pueden ser fácil y suficientemente vistas al través de los barrotes de la abierta ventana, al pasar.”

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